The Spirituality of the New Evangeliser - H.E.R. Msgr. José Rodriguez Carballo, OFM
LA ESPIRITUALIDAD DEL NUEVO EVANGELIZADOR
H.E.R. Msgr. José Rodriguez Carballo, OFM
Secretary of the congregation for Institutes of Consecrated Life
and Societies of Apostolic Life
El contexto actual del mundo en que nos ha tocado vivir presenta grandes retos a la evangelización. Frente a tantas fuerzas que nos invitan a callar y silenciar la voz de Dios y su Buena Noticia a la humanidad, las palabras del Apóstol Pablo resuenan fuertemente en nuestros corazones: “El amor de Cristo nos apremia” (2Cor 5, 14; cf. Fil 3, 12-16), y “¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1Cor 9, 16); o como siguen cuestionándonos fuertemente las palabras de Jesús a sus discipulos: “Dadle vosotros de comer” (Lc 9, 13). Como Jesús, prototipo de toda obra evangelizadora, quienes hemos sido agraciados con el don de la fe en Cristo Jesús sentimos la llamadaa dar nuestra vida (cf. 1P 2, 21) para que otros tengan vida y se sientan agraciados también ellos con el don del Evangelio (cf. Lc 4, 18ss).
En el Sinodo sobre La Nueva Evangelización en la vida y misión de la Iglesia quedó bien claro que no se puede separar anuncio y testimonio. El evangelizador, porque sabe que el protagonista de la evangelización es el Espíritu, no puede menos de sentirse llamado a crecer en el Espíritu a crecer en el Evangelio, a ser una persona espiritual, una persona con una espiritualidad auténtica. Sin ella el evangelizador caminará a ciegas.
En lo que sigue intento describir algunos rasgos del evangelizador de hoy, y lo haré principalmente a la luz de Evangelii gaudium, y algunos rasgos de su espiritualidad, sin pretender ser exaustivo, pues creo que es un camino abierto.
1.- Todo comenzó en Jerusalén
A) El Espíritu Santo, protagonista de la nueva evangelización
Para situarnos, comencemos por recordar un texto del pasado Sínodo para la Nueva Evangelización. En su Mensaje final, el Sínodo afirma: “La evangelización y la conversión no tienen como principales protagonistas a nosotros, pobres pecadores, sino al Espíritu Santo”. Estas palabras nos recuerdan otras de Pablo VI, más lejanas en el tiempo pero que conservan toda su actualidad. Escribe el Papa Montini: “Las técnicas de la evangelización son buenas, pero ni siquiera las más perfectas podrían sustituir la acción directa del Espíritu [...] Sin él, los esquemas más elaborados a base sociológica o psicológica, se revelan vacíos y privos de valores [...] Se puede decir que el Espíritu Santo es el agente principal de la evangelización: Es él el que nos empuja a anunciar el Evangelio y que en el íntimo de las conciencias hace acoger y comprender la palabra de salvación [...] Pero se puede decir igualmente que él es fin de la evangelización: solo él suscita la nueva evangelización, la humanidad nueva a la cual la evangelización debe mirar [...] Por medio de él el Evangelio penetra en el corazón del mundo...”[1].
Es el Espíritu del Padre, el Espíritu de Jesús, el protagonista principal de la evangelización. El libro de los Hechos de los Apóstoles, antes de la venida del Espíritu Santo, nos muestra una Iglesia cerrada sobre ella misma, autoreferencial; a unos discípulos asustados, “con las puertas cerradas” por miedo a un mundo que les era adverso (cf. Jn 20, 19), incapaces de cumplir la misión que el Señor les había encomendado antes de la Ascensión: Ir al mundo entero y proclamar el Evangelio a toda la creación (cf. Mc 16, 15)[2]. Por el contrario, después de la venida del Espíritu Santo, don de Jesús a sus discípulos (cf. Hch 2, 38; 8, 20; 10, 45; 11, 17; Heb 6, 4), contemplamos una Iglesia de puertas abiertas, una Iglesia en “salida” que tiene el coraje de ser diferente, el coraje de anunciar la Buena Nueva (cf. Hch 2, 22. 40; 3, 11ss; 4, 1ss)[3]. El miedo deja paso a la valentía (cf. Hech 2, 1ss), y las puertas se abren para que Jesus salga y pueda ser acogido por los de cerca y los de lejos (cf. Ef 2, 17).
B) Una iglesia en misión, una iglesia en salida
Como Jesús fue consagrado por el Espíritu y enviado a “anunciar a los pobres la alegre noticia” (Lc 4, 18; Is 61, 1), así los discípulos, al complirse “el día de Pentecostés” (cf. Hch 2, 1), “se llenaron todos del Espíritu Santo”, y comenzaron a predicar, “según el Espíritu les concedía manifestarse” (Hch 2, 4). Es en Pentecostés cuando nace la Iglesia misionera, la Iglesia de los profetas, cumpliéndose así la promesa hecha por el Señor: “Después de esto derramaré mi espíritu sobre toda carne –incluso sobre vuestros siervos siervas-, y vuestros hijos e hijas profetizarán y vuestros ancianos trendrán visiones” (Jl 3, 1-2; Hch 2, 15ss).
“La Iglesia que nace en Pentecostés [...] no se resigna a ser inocua, demasiado “destilada”. No, no se resigna a esto. No quiere ser un elemento decorativo. Es una Iglesia que no duda a salir fuera, para encontar a la gente, para anunciar el mensaje que le ha sido confiado, aun cuando el mensaje disturbe o inquiete las conciencias, aun cuando aquel mensaje trae, tal vez, problemas y aunque, a veces nos lleva al martirio”[4]. La Iglesia que nació en Pentecostés tiene en su ADN la itinerancia, pues está llamada a salir y acompañar a los hombres y mujeres de todos los tiempos y de todos los lugares y culturas. El Papa Francisco nos lo recuerda constantemente. No es la autorefencialidad, ni la autocomplacencia lo que debe caracterizar a la Iglesia, sino su misionariedad. “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación” (Mc 16, 16). “En este ‘id’ de Jesús están presentes los escenarios y los desafios siempre nuevos de la misión evangelizadora de la Iglesia y todos somos llamados a esta nueva ‘salida’ misionera [...] todos somos llamados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio”[5]. La Iglesia es misionaria por su misma naturaleza, “existe para evangelizar”, “existe y ha sido enviada para prolungar en el tiempo y en el espacio la obra de la evangelización de Cristo”, “su razón de ser es la evangelización”, o, como ya decía Pablo VI, la evangelización es “la gracia y la vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda”[6] .
Hoy asistimos a escenarios y desafíos nuevos de esta “salida” misionera que la Iglesia está llamada a acoger con nueva fuerza, nuevos métodos y nuevas expresiones[7]. Hoy, como siempre, los cristianos, particularmente los que han sido llamados a una vocación particular en la obra de la evangelización, están llamados a salir de su comodidad y alcanzar todas las periferias que tienen necesidad de la luz del Evangelio. “Fiel al modelo del Maestro, es vital que hoy la Iglesia salga a anunciar el Evangelio a todos, en todos los lugares, en todas las ocasiones, sin demoras, sin asco y sin miedo”[8]. Estas palabras de la Evangelii gaudium encuentran un comentario apropiado en otras del mismo Papa Francisco: “Si la Iglesia es viva, siempre debe sorprender. Es propio de la Iglesia viva el sorprender. Una Iglesia que no tanga la capacidad de sorprender es una Iglesia débil, enferma, moribunda y debe ser llevada a la sala de reanimación, cuanto antes”[9].
2.- ¿Qué se le pide al evangelizador?
A) Los evangelizadores: personas audaces y creativas
El Papa Francisco invita a los cristianos a ser audaces y crativos. Escribe en Evangelii gaudium: “La pastoral en clave de misión pretende abandonar elcómodo criterio pastoral del ‘siempre se hizo así’. Invito a todos a sser audaces y cragtivos en esta tarea de repensar los objegtivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades”[10]. Creo entender bien que entre esos todos a los cuales se dirije la invitación del Papa Francisco, estén sobre todo los evangelizadores.
Estamos en tiempos de nueva evangelización. Ésta no puede llevarse a cabo con los viejos estilos, que no responden a las nuevas exigencias de nuestro mundo, ni con los lenguajes de siempre, que resultan incomprensibles a nuestros contemporáneos. Tampoco basta con denunciar el mal de nuestra sociedad. Lo dice el Papa Francisco cuando afirma: “el sueño del discípulo [evangelizador] no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora”[11].
Atención a los análisis de la realidad hechos solo con el “ojo crítico” negativo y desde la denuncia. ¡Atención al “exceso de diagnóstico” o a una “mirada puramente sociológica”, como recuerda el Papa Francisco[12]. Esto genera resistencia y hace que la evangelización sea ineficaz. El evangelizador está llamado a descubrir otros métodos que el Espíritu sugiere aquí y allá: el método del aprecio y no del desprecio, el método de la confianza en la fuerza del trigo más que en la de la cizaña, el método de la fe en que el agua se puede transformar en vino. Sin ser ingénuo, el nuevo evangelizador hace justicia al bien, bien consciente que allí donde abunda el mal, sobreabunda la gracia (cf. Rom 5, 20). Esto exige otra mirada[13]: “la mirada de Jesús que se amplía y se dirige llena de cariño y de ardor hacia todo su pueblo”[14]; “la mirada del Buen Pastor ,que no busca juzgar sino amar”[15]; “la mirada del discípulo” que “se alimenta a la luz y con la fuerza del Espíritu Santo”[16]; “una mirada cercana para contemplar, conmoverse y detenerse ante el otro cuantas veces sea necesario”[17]; “una mirada espiritual, de profunda fe, que reconoce lo que Dios mismo hace”[18]. Es esta mirada distinta, “mirada respetuosa y llena de compasión pero que al mismotiempo sane, libee y aliente a madurar”[19], la que llevará al evangelizador a ser audaz y creativo, a permancecer siempre en búsqueda de caminos nuevos para hacer llegar a todos los hombres la Buena Noticia que es Cristo[20].
B) Los evangelizadores: personas en “salida”
Mientras el dinamismo del Evangelio se caracteriza por “ir”, nuestra realidad parece caracterizarse por el “volver”. Hay miedo a “salir”, hay preferencia por quedarse en lo seguro, lo conocido, lo de siempre. En muchos casos se buscan las más sofisticadas razones para no “salir”, para no ponernos en camino hacia las periferias, para quedarnos en los centros que nos dan seguridad. La comodidad y la acidia, de las que tanto habla el Papa Bergoglilo, son dos fuerzas que nos frenan[21].
El Papa Francisco, en cambio, no cesa de invitarnos a “salir”. Nos pone como modelos a Abraham, Moisés, Jeremías[22] y al mismo Jesús, a quien “el Espíritu movía para ir a otros pueblos”[23]. Y va más allá cuando nos dice que “la salida misionera es el paradigma de toda obra de la Iglesia” y que “hace falta pasar de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera”[24], “poner a la Iglesia en movimiento de salida de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres”[25]. Este movimiento de “salida” que afecta a todos, según su propia vocación[26] , y que debe transformar, incluso, las estructuras[27], toca principalmente a los evangelizadores, hombres y mujeres, que situados en la vanguardia de la evangelización han de “sacudir e impulsar a la Iglesia en esa audaz salida”[28].
Ceder a la tentación de pararse es entrar en una situación de “mundanización” y de “asfixia”. El evangelizador si quiere ser realmente “nuevo” ha de “tomar el gusto al aire puro del Espíritu Santo”. Solo él lo librará de centrarse sobre sí mismo y lo llevará a los puestos más avanzados y arriesgados de la misión[29].
Pero no basta “salir”, ponerse en camino. Se puede correr “hacia el mundo sin rumbo y sin sentido”[30]. No es esta la salida que se nos pide. Es necesario “salir” en actitud de “intimidad itinerante” y “comunión” con Jesús[31]; lo que supone caminar con Jesús, dejándose acompañar por él[32]. Solo Jesús dará fuerza para el camino. Cuando el evangelizador se sienta tentado de pedir la “muerte” o simplemente de acunar su cansancio bajo una retama, es el Señor quien le dirá, como a Elías: “Levántate y come, pues el camino que te queda es muy largo” (1Re 19, 7).
Es el Señor quien, a través de su Espíritu, nos empuja para “salir de nuestra comodidad y atravernos a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio”[33]. Qué bien lo expresa Vita consecrata cuando afirma: “Cuanto más se vive de Cristo, tanto mejor se le puede servir en los demás, llegando hasta las avanzadillas de la misión y aceptando los mayores riesgos”[34]. Quien se deja seducir por Cristo no podrá menos de dejarse seducir por los “claustros” olvidados, los “claustros” inhumanos donde la belleza y la dignidad de la persona son continuamente mancilladas. Quien deja entrar a Cristo en su vida no puede menos de “alargar el espacio de su tienda” (cf. Is 54, 2) para hacer suyos los gozos y las tristezas de los más pobres y de los que más sufren.
C) Los evangelizadores: personas libresd, que viven “sine proprio”
Ya lo hemos apuntado anteriormente: la comodidad y la acedia, así como la mundanidad son fuerzas que impiden al evangelizador “salir”, ponerse en camino, pues todo ello impide al evangelizador el dar, el compartir el don del Evangelio.
La comodidad le hace autoreferencial, apático, insensible a los nuevos proyectos evangelizadores, a las periferias: allí donde no hay presencia de Iglesia; allí donde desaparece progresivamente el lenguaje sobre Dios, en las culturas ateas, indiferentes o agnósticas; allí donde hay que ejercer la compasión, el consuelo y abrir el corazón a la esperanza; allí donde nos encontramos con la frontera de la muerte, de la enfermedad, del sufrimiento; allí donde se gestan las grandes decisiones polítcas; en los centros donde se crea cultura; allí donde se da una vulneración constante de los derechos de las personas, el desprecio de la vida...
La acedia es un virus que produce “un descontento crónico que seca el alma”[35], es sinónimo de egoismo[36], de parálisis[37] y que produce un cansancio tenso y pesado[38], fruto del no saber esperar y deseo de un “inmediato ansioso”, que no tolera el fracaso, la crítica, la cruz[39]. La acedia reviste a los evangelizadores de un “gris pragmatismo”, y les vuelve “pesimistas, quejosos y desencandatos”[40]. Buscarán el cambio por el cambio, siempre se sentirán bien allí donde no están y gastarán la vida buscando compensaciones; no serán itinirantes sino vagabundos que huyen del tiempo para establecerse en el instante, disgustados consigo mismo y con los demás...
La mundanidad consiste, en palabras del Papa Francisco, en “buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal, en cuidar la apariencia”[41]. La mundanidad “es una terrible corrupción bajo apariencias de bien”[42]. Es éste el mal del cual se debe liberar la Iglesia[43], pues impide vivir desde la lógica del Evangelio, desde la lógica del don y de la grutuidad. Liberarse de la mundanidad comporta también liberarse de la nueva idolatría del dinero[44], liberarse de “un dinero que gobierna en vez de servir”[45].
El evangelizador no puede ponerse encamino, “salir”, con el corazón lleno de cosas innecesarias (comodidad), con el corazón vacío (acedia), buscando otras cosas fuera de la gloria del Señor (mundanidad). El evangelizador ha de ser una persona libre de todos esos frenos y cadenas; una persona que vive “sine proprio”, solo para el Señor y su Evangelio; una persona en que se siente en proceso constante de conversión personal y que trabaja sin descanso por la conversión pastoral que implica, entre otras cosas, una búsqueda constante de nuevos métodos y nuevas formas, así como una reconversión de las estructuras, para que “se conviertan en cauce adecuado para la evangelización del mundo actual y no en cauce de autopreservación”[46].
Solo desde desde ese triple “despojo”, el evangelizador crecerá en el Evangelio y en el Espíritu[47], y hará que su labor tenga “olor a Evangelio”[48] y se convertirá en mensajero de buenas noticias (cf. Is 40; 52; 61).
D) Los evangelizadores: personas del Espíritu, personas espirituales
Volvamos a los orígenes de la Iglesia. Es el Espíritu Santo el que recuerda a los discípulos todo lo que Jesús ha dicho ( cf. Jn 14, 16)[49]; el que los guía a la “verdad plena” (cf. Jn 16, 13); el que los amaestra (cf. Jn 16, 14-15) y los lleva a entender las palabras del Maestro; el que da testimonio de Jesús y moverá a los discípulos a dar, también ellos, testimonio suyo (cf. Jn 15, 26-27), y a hablar con Dios y con los hombres. El Espíritu Santo, como se deduce también del término griego paráclito, ayuda e interceder por los discípulos. Estos ya no quedarán huérfanos (cf.Jn 14, 18). El Espíritu permanece siempre con los discípulos, mora en ellos, está en ellos (cf Jn 14, 16- 17).
Cuanto se dice de los discípulos se dice de la Iglesia. Como afirma el Vaticano II, el Espíritu Santo “habita en los creyentes, llena y rige la Iglesia” y hace idóneos a los hermanos para llevar a cabo el ministerio, “con el fin de edificar el Cuerpo de Cristo” (Ef 4, 12)[50].
Estando así las cosas, el evangelizador, el verdadero y nuevo evangelizador, es la persona, hombre o mujer, que se deja penetrar por el viento del Espíritu, se abre sin miedo a su acción, se deja empujar por él, y deja que sea él el que le inspire lo que tiene que decir en todo momento. El evangelizador, el verdadero y nuevo evangelizador, es la persona, hombre o mujer, dócil al Espíritu[51], que secunda el movimiento del Espíritu y favorece el Viento que empuja hacia los lugares más insospechados para anunciar allí el Evangelio. El evangelizador, el verdadero y nuevo evangelizador, es el hombre y la mujer que tienen plena conciencia de la llamada a crecer constantemente en la docilidad al Espíritu, viviendo en un estado permanente de escucha, de oración, de atención a lo que el Espíritu le impulsa.
Como recordamos ya, en Pentecostés el Espíritu hace salir a los Apóstoles de sí mismos, y los transforma en anunciadores de las grandezas operadas por el Señor. Pentecostés señala el inicio de la gran evangelización, con el soplo del Espíritu. Es él el que da la fuerza necesaria para anunciar la novedad del Evangelio con audacia (parresía), en alta voz, en todo tiempo y lugar, a judios y gentiles. Sin el Espíritu, tampoco la preparación más refinada del evangelizador daría resultado alguno. Solo el Espíritu provocará en el evangelizador la pasión por anunciar gratis lo que gratis ha recibido (...............): la Buena Noticia. Solo el Espíritu podrá motivar, animar y dar sentido a la acción evangelizadora, y la hará realmente nueva. Solo el Espíritu podrá hacer nuevos evangelizadores que lleven a cabo una evangelización nueva.
De lo dicho se deduce que el evangelizador ha de ser una persona espiritual. Decir que el evangelizador ha de ser una persona espiritual quiere decir que debe ser una persona habitada por el Espíritu. En la nueva evangelización ya no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y las praxis sociales y pastorales sin una espiritualidad que trasforme el corazón, empezando por el corazón del evangelizador. Por todo ello es necesario que el evangelizador cultive un espacio interior que haga que el compromiso y las actividades de evangelización tengan sentido plenamente cristiano. Ningún cristiano, pero menos todavía un evangelizador, puede permitir que le roben el Espíritu. La Iglesia y con ella la evangelización está viviendo una etapa de la historia que nos parece eterna por lo dura que es. El Espíritu es el aliento ante la sequedad o la sensación de estirilidad que en más de una ocasión siente el evangelizador hoy.
3.- Espiritualidad del evangelizador
Es ahora el momento para preguntarnos: ¿Cuáles son los ragos principales de la espiritualidad del evangelizador hoy? He aquí algunos rasgos que, a mi entender, no deberán faltar en la espiritualidad de un evangelizador, tal como lo pide la nueva evangelización: una espiritualidad unificada, una espiritualidad en tensión dinámica, una espiritualidad de presencia.
1.- Una espiritualidad solidamente fundada
La espiritualidad del evangelizador ha de estar sólidamente fundada sobre Cristo, sobre la Palabra, y sobre la Liturgia.
Sobre Cristo, en cuanto él es camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6), la roca firme[52] para todos, particularmente para el evangelizador. Si el Hijo se nos presenta como como el “Narrador” de Dios (cf. Jn 1, 18), o en palabras de san Ireneo “el Revelador del Padre”[53], el Evangelizador debe presentarse ante el mundo como el “narrador” del Hijo, icono del enviado por el Padre para cumplir su voluntad (cf. Jn 5, 36-38; 6, 38-40; 7, 16-18). Para ello, el evangelizador, como Pablo, debe ser una persona “alcanzada” por Cristo (Ef 3, 12); identificada con su persona, hasta el punto de poder decir como el Apóstol de las gentes: “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20); djarse arrastrar por su misión: “¡Hay de mí si no anuncio el Evangelio!” (1Cor 9, 16). Al evangelizador se le pide pues, antes de nada, ponerse en camino hacia Damasco para allí tener un encuentro personal con Cristo (cf.Hech 9, 1ss). Sin ese encuentro su anuncio sonará a propaganda, no a un testimonio. No basta ser un maestro en Israel, como Nicodemo, es necesario “nacer de nuevo” (cf. Jn 3, 1ss), a través de un encuentro pesonal con Cristo. Sin ese encuentro el Evangelio se transforma en una doctrina teórica o en un esquema teológico sin vida. No basta ser irrepensible frente a la ley, es necesario hacer experiencia de salvación con Cristo resucitado, de tal modo que frente al sublime conocimiento y revelación de Cristo Jesús, todo se presenta viejo, una pérdida y basura (cf. Fil 3, 7-8). Quien se ha encontrado personalmente con Cristo no puede hacer a menos de hablar de lo que ha visto y oído (cf. 1Jn 1, 1-3).
Sobre la Palabra de Dios. Ésta ha de considerarse “vida y regla” del que anuncia la Buena Noticia[54]. Antes de dedicarse al ministerio de la evangelización, el nuevo evangelizador ha de dejarse evangelizar, impregnar por y de ella, hasta el punto de ser epifanía, exégesis viviente de la Palabra. Llamado a llenar el mundo con el Evangelio de Cristo, el evangelizador ha de ser un atento oyente de la Palabra, hacer de la lectura orante de la Palabra la base de su espiritualidad y de su ministerio[55], de tal modo que su corazón, abierto a la inspiración del Espíritu, se transforme según el corazón de Cristo (cf. Fil 2, 5). La lectura orante de la Escritura es el camino privilegiado para conocer al Sesñor, por ello el evangelizador ha de tomar como dirigidas a sí mismo las recomendaciones de Orígenes a Gregorio, el gran teólogo alejandrino: “Dedícate a la lectio de las divinas Escrituras, aplícate a esto con perseverancia...”[56]. Y todo ello desde una profunda comunión con la Iglesia –la Iglesia es la “casa” de la Palabra de Dios[57]-, evitando una relación idividualista con la Palabra[58]. Tanto el Espíritu como la Palabra llevarán al evangelizador a Cristo. Por ello, el evangelizador ha de ser un frecuentador asiduo, como la Iglesia primitiva, de la Palabra de Dios (cf. Hech 2, 42). Dicho contacto llevará al evangelizador al diálogo con el Señor y le posibilitará el aprendizage de cómo hablar de él[59].
Sobre la liturgica, siempre con fuertes raíces cristológicas y eclesiológicas. La Palabra escuchada y celebrada con fe, particularmente en la celebración Eucarística y en la Liturgia de las Horas, transforma la vida de quien así lo hace. Por otra parte, como bien afirma el teólogo ortodoxo Alexander Schmemann (1921-1983), la finalidad de la liturgia es la de “construir la Iglesia... la de expresar la Iglesia como unidad del Cuerpo cuya cabeza es Cristo.. y con una boca un corazón servir a Dios...”[60]. Una liturgia bien participada y celebrada, expresión de la fe y exenta de cultualismo, la exclupolosidad de las rúbricas, y un acercamineto funcional a los ritos, como ha sido porpuesta por el Concilio Vaticano II, profundizada en la contemplación, hace crecer constantemente en la vida de Dios, en los valores del Reino y en la vida de virtud, y, al mismo tiempo, dará una fuerza extraordinaria a la acción de anunciar la Buena Noticia. En la liturgia “se cunmple la obra de nuestra redención”[61]. Con razón afirma el Vaticano II: “La liturgia es el cúlmen hacia el cual tiende toda la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de la cual mana toda su fuerza”[62]. El evangelizador no puede descuidar la preparación y su plena participación en las celebraciones litúrgicas, como pide siempre el Vaticano II a todos los fieles, pues así “lo requiere la naturaleza misma de la misma liturgia”[63], particularmente la celebración eucaristíca.
2.- Una espiritualidad holística[64]
La espiritualidad del evangelizador no pude reducirse al ámbito de uno de los elementos que compone la persona, como podría ser el alma. Esto, más bien antes que después, llevaría a la persona a atrofiarse. En la espiritualidad del evangelizador se ha de dar una verdadera fusión de todos los elementos constituvos de la persona: cuerpo, alma, psiqué, emociones, contextos culturales... Enraizada en una fe encarnacionista, en la presencia permanente de Dios en toda la realidad, la espiritualidad holística se opone al dualismo que ha atormentado durante siglos la espiritualidad cristiana occidental, a la cual no ha sido agena la visión platónica del mundo de los sentidos, así como la dicotomia cartesiana entre materia y espíritu, y el maniquismo, que considera las caosas materiales contamidas por el pecado. En oposición la mentalidad dualística “o-o” que ve la cosas en oposición inconciliable, la espiritualidad holística insiste en la complementaridad, en la integración y en lo inclusivo. En particular, la espiritualidad holística se opone a la cración de un abismo entre lo provano y lo divino, entre “este mundo” y el “mundo futuro”, entre los espiriual y lo material[65]. El evangelizador deberá estar sumamente atento a evitar cualquier tipo de dicotomía, de fractura, de dualismo. Su espiritualidad deberá ser una experiencia integral, holística, en la que todos los elementos se meten en convergencia y armonía.
Una espiritualidad que hemos llamado holística favorecerá el paso del primado de logos o del pensamiento y de la reflexión intelectual, al primado del pathos, como capacidad de sentir y acoger, cuidar y amar, pertenencia y sentirse acogidos. De este modo, el feeling, con todo lo que comporta de emoción, praxis corpórea, traumas..., podrá ponerse al servicio de la plena epifanía de lo divino y de lo humano. Se trata, en último análisis, de rescatar para la espiritualidad del evangelizador lo que algunos llaman “razón cordial”, que rescata el corazón y las emociones, los valores y el sentido de la vida, y todo en perfecta armonía[66].
La espiritualidad holística de la que estamos hablando podría especificarse en los siguientes aspectos:
A) Una espiritualidad unificada: hijos del cielo e hijos de la tierra
Nadie lo duda, al menos en teoría: algo que no es negociable en la vida de un evangelizador es la presencia de Dios en su vida y su relación con él. Pero todo ello sin dualismos, fragmentaciones, ni falsas opciones reduccionistas. El evangelizador ha de tener siempre delante de sí el icono de un Jesús vuelto constantemente hacia el seno del Padre (cf Jn 1, 18) y, al mismo tiempo comprometido con la causa del Reino. Así ha de ser el evangelizador de hoy: una persona llamada a estar con Cristo en todo momento y, al mismo tiempo, enviado a predicar el Reino de Dios y su justicia (cf. Mc 3, 14). En el envío está la llamada y en la llamada está el envío. Ni llamada sin misión, ni misión sin llamada. El evangelizador de la nueva evangelización es una persona llamada a vivir la unión con Cristo, que “pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38), y al mismo tiempo vivir entre los hombres y entregar su vida por ellos, como hizo Jesús que “dio su vida como rescate por muchos” (Mt 20, 28). Como dice el Papa Francisco: “Evangelizadores con Espíritu quiere decir evangelizadores que oran y trabajan. Desde el punto de la evangelización no sirven ni las propuestas míscas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón”[67].
Esto para la espiritualidad del evangelizador supone, entre otras cosas, que el mundo no solo deja de ser un obstáculo para el encuentro de Dios, sino que es camino normal en donde Dios se manifiesta, como presencia o ausencia. El mundo deja de ser negativo y se convierte para el verdadero evangelizador en lugar teológico, amado por Dios: “Tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito” (Jn 3, 16). El mundo es “la montaña alta” donde se nos manifesta el verdadero rostro de Dios (cf. Mc 9, 2ss), la “orilla del lago” donde nos espera el Señor (cf. Jn 21, 9-12). No es concebible un evangelizador hoy si no es una persona “en salida” hacia las fronteras existenciales del hombre y de la mujer de hoy (cf. Mt 9, 37ss), pero siempre con una vida edificada sobre la persona de Cristo. Se trata de una sólida espiritualidad de la encarnación que intenta encontrar a Dios en el mundo de cada día, en la experiencia ordinaria. Se trata, en definitiva, de ser contemplativos activos y activos contemplativos.
El evangelizador está llamado a vivir una contemplación, base de toda espiritualidad, que responsabilice; una contemplación que le permita participar en la esperanza y en la lucha de liberación y de justicia de los pobres. La espiritualidad del evangelizador no puede ser una “fuga”, una espiritualidad meramente “intelectual” y solitaria, agena a la historia y al sufrimiento de muchos. La espiritualidad del evangleizador, prfecisamente porque es una espiritualdiad unificada, ha de ayudarle a descubrir en los pobres el rostro del “siervo sufriente”, a encontrarse con Dios en el “grito de los pobres”, a encontrarse con el Dios “hecho pobre y siervo”, con el Maestro que “nutre los pobres y necesitados”.
En el Evangelio de san Juan, Jesús nos presenta la unidad que debe vivir el evangelizador en su espiritualdiad entre Dios Trinidad, nuestra comunidad y el mundo[68]: “Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos sean también uno en nostrospara que el mundo crea que tú me has enviado. Esa grloria que me diste se la di a ellos para que sean uno como tú y yo somo uno. Así seré yo en ellos y tú en mí y alcanzaránb la perfección en esta unidad. Entonces el mundo reconocerá que tú ma has enviado y que yo los he amado como tú me amas a mí” (Jn 17, 21- 23).
La participación en la gloria y vida trinitaria hará al evangelizador continuador de Jesús enviado del Padre y testigo del amor del Padre revelado en Jesús, con la fuerza del Espíritu, para la vida del mundo. Esta experiencia hecha de contemplación y cargada de acción hará sentirse al evangelizador, en palabras de Teilhard de Chardin hijo del cielo e hijo de la tierra, en profunda unidad interior, sin que lo uno ahoge lo otro[69]. Una espiritualidad unificada llevará al evangelizador a vivir una profunda pasión por Dios, y, al mismo tiempo, una profunda pasión por la humanidad.
B) Una espiritualidad en tensión dinámica: místicos y profetas a la vez
El nuevo evangelizador está llamado a ejercer un ministerio profético, junto con el Pueblo de Dios, del que forma parte. Pero este ministerio no se puede nunca separar de una fuerte experiencia espiritual. Ser mistico y profeta a la vez: esa es la vocación y misión de todo evangelizador. La experiencia mística permitirá al evangelizador experimentar la irrupción de Dios en lo más profundo de su ser. Por su parte, la experiencia profética es una llamada que viene de viene de esa irrupción de Dios –“Habla el Señor Dios, ¿quién no profetizará?” (Am 3, 8)-, y de las llamadas que vienen de fuera y que piden una acción transformadora en la historia, de acuerdo con el voler de Dios: “Esto dice el Señor: ‘Por tres crímenes de Israel y por cuatro no revocaré mi sentencia: por haber vendido al inocente por dinero y al necesitado por un par de sandalias pisoteando en el polvo de la tierra la cabeza de los pobres...” (Am 2, 6-7).
El evangelizador bien puede tomar a Elías como prototipo de su dimensión profética y mística. Como Elías, también el evangelizador está llamado a ser profeta audaz y amigo del Señor. “Vivía en su presencia y contemplava en silencio su paso, intercedía por el pueblo y proclamaba con valentía su voluntad, defendía los derechos de Dios y se erguía endefensa d elos pobfres congtra los poderosos del mundo (1Re 18, 19)”[70]. Pasión por Dios y pasión por el pueblo. Esas son dos pasiones que alimentaron la misión de Elías, como deben alimentar la misión de los nuevos evangelizadores.
Dios y los pobres, mística y profecía, orar y hacer justicia entre los hombres: he ahí el punto de partida del ser y del actuar del evangelizador. Si la gloria de Dios es que el hombre viva, no podemos separar la mística de la profecía, y especial atención debemos prestar a la humanidad doliente a la que el evangelizador ha de acercarse desde la ternura y la compasión de Dios.
El evangelizador ha de ser padre y madre, personas creíbles que hayan hecho un camino, que conozcan la complejidad y las contradiciones de la vida y que, con mucha humildad y mucha paciencia acompañen a las personas a lo largo de su itinerario[71].
C) Una espiritualidad de presencia: discípulos y testigos
En una sociedad que hace todo por exiliar a Dios, el evangelizador, hoy tal vez más que nunca, está llamado a confesar y testimoniar la presencia amorosa de Dios en el mundo. El evangelizador no es un cruzado que impone una idea o una doctrina, sino un testigo que comparte una experiencia. La nueva evangelización ya no solo es cuestión de nuevos lenguajes narrativos. La nueva evangelización está exigiendo una theopatía, o lo que es igual: trasmitir una experiencia concreta vivida apasionadamente. El único lenguaje comprensivo por el hombre de hoy es el que nace de la experiencia y está avalado por ella.
El evangelizador ha de ser testigo de una experiencia que ha transformado su vida y que puede transformar la vida de los demás.
3.- Una espiritualidad apostólica
Otro rasgo de la espiritualidad del nuevo evangelizador hoy es que sea una espiritualidad apostólica. Dicha espiritualidad hunde sus raíces, como toda verdadero espiritualidad, en momentos prolongados de adoración, de encuentro orante con la Palabra, de diálogo sincero con el Señor que posibiliten un encuentro auténtico con el Señor. Sin todo ello, facilmente los compromisos evangelizadores se vaciarán de significado y se debilitarán por el cansancio y las dificultades. El evangelizador no puede hacer a menos de la oración, de cultivar espacios interiores que den sentido a la actividad evangelizadora, sino queremos que el fervor venga a menos y llegue, incluso a desaparecer. Del mismo modo, “hay que rechazar rotundamente la tentación de una espiritualidad intimista e individualista, che dificilmente iría de la mano de la caridad y con la misma lógica de la encarnación”[72]. Ni activismo sin oración, ni el refugiarse en una falsa espiritualidad. “La iglesia necesita imperiosamente el pulmón de la oración”[73].
4.- Una espiritualidad en conflicto, contracorriente
El evangelizador, en la medida en que se va identificando con Cristo, entra en conflicto con los valores de este mundo. Como Jesús, también el evangelizador será conflictivo y signo de contradición. Cuando Jesús habla de seguirle, Pedro, que en su ingenuidad era listo, capta muy bien donde está el problema. A Pedro no le asusta el fracaso, del que también habla Jesús, sino la conflictividad y los sufrimientos . Pedro era bien consciente de que seguir a Jesús traerá al discípulo conflictos. Esa misma conciencia la ha de tener el evangelizador. Seguir a Jesús, prosiguiendo su obra, no suele escapar a la discrepancia legítima, la sospecha, la insidia, la persecución y la misma muerte. Todo ello entra en lo previsto y ya fue anunciado por el Señor a quien lo sigue (cf. Mt 5, 11; Lc 21, 12; Jn 15, 20) .
Frente a la tentación de hacerse la víctima, descargar la propia responsabilidad, acusar a los otros, el evangelizador ha de recordar que solo cuando la vida es anodina puede ser indiferente al conflicto. En cambio cuando la vida es fuerte, lo será también el conflicto. Para el evangelizador el conflicto debe ser vivido como un desafío, una chance, un kairós, para luchar en las nuevas fronteras, concevidas como: regiones en las cuales el contról del territorio se hace más difícil y arriesgado; areas rebeldes a las reglas estables; espacios donde se tiene que re-escribir los códices y las normas de relación entre las personas; tierra del futuro en las cuales es necesario re-escribir la propia identidad, y paracticar la hospitalidad. Solo dispuesto a vivir una espiritualidad en conflicto el evangelizador podrá habitar las fronteras para empujer el pensamiento y decir lo inédito.
4.- A modo de conclusión
El Papa Francisco en Evangelii gaudiunm nos ofrece una hoja de truta que interpela a todos los bautizados que por vocación son llamados a evangelizar. En cuantos se sienten llamados a esa noble tarea y desean participar activamenrte en la nueva evangelización como evangelizadores nuevos, han de resonar constantemente algunas exhortaciones de esa Exhortación que en voluntad del Santo Padre es programmática para este presente cargado de oportunidades, pero no exento de dificultades:
“¡No nos dejemos robar el entusiasmo misionero!”[74]
“¡No nos dejemor robar la alegría evangelizadora!”[75]
“¡No nos dejemos robar la esperanza!”[76]
“¡No nos dejemos robar el Evangelio!”[77]
“¡No nos dejemos robar el ideal del amor fraterno!”[78]
“¡No nos dejemos robar la fuerza misionera!”[79]
[1] Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 1975, n. 75
[2] Es significaivo que contra lo que afirma algún texto que los discípulos salieron a predicar “por todas partes” (cf. Lc 16, 20), en realidad no hicieron otra cosa sino regresar a Jerusalén y quedarse en el Cenáculo (cf. Hch 1, 12ss), saliendo de él solo cuando “se llenaron del Espíritu Santo” (cf. Hch 2, 4ss).
[3] Cf. Papa Francisco, Homilía y Regina coeli del día de Pentecostés 2014.
[4] Papa Francisco, Homilia del día de Pentecostés 2014.
[5] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 210.
[6] Pablo VI, Evangelii nuntiandi 14.
[7] Juan Pablo II, Homilia en Santo Domingo, 11 de octubre 1984.
[8] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 22.
[9] Papa Francisco, Regina Coeli del día de Pentecostés 2014.
[10] Papa Francisco, Evangelii gaudium 33.
[11] Idem, 24.
[12] Idem, 50.
[13] Cf. José Cristo Rey García Paredes, Siete pasos hacia la “conversión pastoral”. Evangelii gaudium en la vida consagrada, en Vida Religiosa, 2/2014/Vol 116, 54ss. Lo que el autor dice sobre la vida consagrada es válido para todos los agentes de pastoral.
[14] Idem, 268.
[15] Idem, 125
[16] Idem, 68.
[17] Idem, 169.
[18] Idem, 282.
[19] Idem, 169.
[20]
[21] Idem, 20.
[22] Idem, 20.
[23] Idem, 21.
[24] Idem, 15.
[25] Idem, 97.
[26] Cf. Idem, 20.
[27] Cf. Idem, 27.
[28] Idem, 261.
[29] Cf. Idem, 97.
[30] Idem, 46.
[31] Cf. Idem, 23.
[32] Cf. Idem, 266.
[33] Idem, 20.
[34] Juan Pablo II, Vita consecrata 76; cf. 72.
[35] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 277.
[36] Idem, 81.
[37] Idem, 81.
[38] Idem, 82.
[39] Idem, 82.
[40] Idem, 85.
[41] Idem, 93.
[42] Idem, 97.
[43] Cf. Papa Francisco, Discurso en la Sala del despojo (Obispado), durante su visita Apostólica a Asís, 4/10/2013.
[44] Cf. Papa Francisco, Evangelii gaudium, 53- 54.
[45] Cf. Idem, 57-58.
[46] Idem, 27.
[47] Idem, 45.
[48] Cf. Idem, 39.
[49] Papa Francisco, Homilía del día de Pentecostés 2014.
[50] Vaticano II, Unitatis redintegratio 2; Lumen gentium 17, 26.
[51] Papa Francisco, EG 171.
[52] Cf. Papa Francisco, Homilía en la Capilla Sistina después de su elección como sucesor de Pedro, marzo 2013.
[53] San Ireneo, Adversus haereses, IV, 20, 7; PG 7, 1037; cf. Benedicto XVI, Verbum Domini, 90.
[54] Cf. San Francisco de Asís, Prólogo de la Regla no bulada.
[55] Cf. Benedecto XVI, Verbum Domini 86.
[56] Orígenes, Epistola ad Gregorium, 3; PG 11, 92.
[57] Cf. Mensaje final del Sínodo sobre la Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia, III, 6.
[58] Cf. Benedicto XVI, Verbum Domini, 86.
[59] Cf. Benedicto XVI, Verbum Domini, 24.
[60] Alexander Schmemann, Introduction to Liturgical Theology, London 1966, 19-20.
[61] Vaticano II, Sacrosantum Concilium, 2.
[62] Vaticano II, Sacrosantum Concilium, 10.
[63] Vaticano II, Sacosantum Concilium, 14.
[64] El término holístico ha sido aplicado a campos muy diversos como la medicina, el desarrollo humano y la espiritualidad. En todas estas aplicaciones el significado común refleja el interés por la totalidad, el deseo de integración y la intención de relacionar y unir los distintos aspectos que constituyen una determninada realidad.
[65] Cfr. W. Au, Spiritualità olistica, in Nuovo dizionario di spiritualità, Libreria editrice Vaticana2003, 904.
[66] Cf. Bruno Secondin, Inquieti desideri di spiritualità. Esperienze, linguaggi, stile, edt. EDB, Bologna 2012, 81- 82.
[67] Papa Francisco, EG 262.
[68] Cf. Alvaro Rodríguez Echeverría, Profecía de la existencia y presencia amorosa de Dios en la Vida consagrada, USG, mayo 2011, 79ss.
[69] Alvaro Rodríguez Echeverría, art. cit. 81.
[70] Juan Pablo II, Vita consecrata 84.
[71] Cf. Alvaro Rodríguez Echeverría, art. cit. 82ss.
[72] Juan Pablo II, Novo Millennio ineunte 2001, 52.
[73] Papa Francisco, Evangelii gaudium 262.
[74] Papa Francisco, Evangelii gaudium, 80
[75] Idem, 83.
[76] Idem, 86.
[77] Idem, 97.
[78] Idem, 101.
[79] Idem, 109.


