María y el significado maternal de la evangelización

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S.E. Mons. Octavio Ruiz Arenas

Arzobispo emérito de Villavicencio

Secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización

(Sogamoso, Colombia 6 de agosto de 2018)

 

«La Iglesia, con la evangelización, engendra nuevos hijos. Ese proceso que consiste en "transformar desde dentro", en "renovar a la misma humanidad" (EN 18), es un verdadero volver a nacer. En ese parto, que siempre se reitera, María es nuestra Madre. Ella, gloriosa en el cielo, actúa en la tierra. Participando del señorío de Cristo Resucitado, "con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan" (LG 62). A estas palabras de Pablo VI y del Concilio Vaticano II, se añaden aquellas de los obispos en Puebla: «su gran cuidado es que los cristianos tengan vida abundante y lleguen a la madurez de la plenitud de Cristo» (Puebla, 288).

Estos textos describen bien una de las tantas vías posibles para comprender la evangelización que, como bien sabemos, constituye la razón de ser de la Iglesia, su naturaleza propia, y la acción por antonomasia de todo bautizado. Se trata de una vía que podemos calificar de “maternal” y que vendría bien considerar en el contexto de este importante encuentro que estamos celebrando. Permítanme entonces trazar algunas pocas pinceladas sobre esta clave de interpretación.

 

1.      Perspectiva maternal de la evangelización 

Personalmente, creo que la perspectiva maternal permite comprender, casi intuitivamente, dos aspectos de la evangelización. Por una parte, su objetivo o finalidad que es engendrar nuevos hijos de Dios. Nosotros no evangelizamos para que los hombres tengan simplemente un conocimiento de la persona de Jesús o para favorecer un encuentro light con él, es decir, que no represente un cambio significativo para la propia vida. No. Queremos más bien que los hombres sean transformados radicalmente por la gracia del Evangelio y puedan pasar al plano de una existencia nueva, específicamente cristiana. Queremos que los hombres puedan “nacer de nuevo” (cf. Jn 3,3) y vivir como hijos de Dios. Por esto, desde el inicio, la primera acción del misionero es bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu; lo primero es hacer nacer, el parto espiritual, después vendrá el tiempo de la enseñanza y de la predicación (cf. Mt 28,19-20).

Por otra parte, la comprensión maternal de la evangelización nos ayuda entonces a entroncar nuestro obrar como discípulos-misioneros con la acción sacramental, particularmente con la del bautismo, y nos permite respetar la primacía de la gracia porque, a la postre, la iniciativa de la filiación en Cristo pertenece a Dios y es realizada por su gracia (cf. Ef 1,5).

Esta clave maternal nos permite reconocer, además, el carácter procesual de la evangelización, que no se refiere solamente al proceso de gestación de una nueva vida, que terminaría en el bautismo, sino también al acompañamiento permanente de esta nueva vida, para que se desarrolle y madure. Por esto, como lo indicaba Pablo VI, la evangelización es compleja y comprende diversos elementos y acciones: es anuncio, predicación, catequesis, también vida sacramental (cf. EN 17). Y así como una madre sabe adaptar su cuidado a cada circunstancia y etapa de la vida de su hijo, así también nosotros hemos de aprender a modular nuestra preocupación evangelizadora de acuerdo con el estadio de fe en el que se encuentran las personas que Dios pone en nuestro camino, pero siempre buscando mayor crecimiento, mayor madurez en la vida cristiana. En ocasiones podemos fallar, precisamente por cierta incapacidad a la hora de leer y adaptar nuestra acción a las situaciones de nuestros interlocutores. Es lo que el papa Francisco llama “falta de proporción” a la hora de anunciar el Evangelio (cf. EG 38).

Este modo de comprender la evangelización tiene un sólido fundamento bíblico, particularmente en las cartas de San Pablo. El Apóstol, en efecto, en varias ocasiones no dudó en usar la imagen de la madre para hablar del modo en que ejercitaba su ministerio, como cuando escribe a los cristianos de la comunidad de Tesalónica: «Aunque pudimos imponer nuestra autoridad por ser apóstoles de Cristo, nos mostramos amables con ustedes, como una madre cuida con cariño de sus hijos. Tanto les queríamos, que estábamos dispuestos a entregarles no sólo el Evangelio de Dios, sino nuestras propias vidas. ¡Han llegado a sernos entrañables!» (1Tes 2,7-8). Pero también, Pablo, obviando la metáfora, llegó incluso a sentirse él mismo una madre. Esto lo deja ver en uno de sus dulces y al mismo tiempo firmes reproches a los Gálatas , quienes habiendo ya creído en Cristo comenzaban a ceder a los vientos de doctrina de los judaizantes, afirmando explícitamente: «¡Hijos míos!, sufro de nuevo dolores de parto hasta ver a Cristo formado en ustedes. Quisiera hallarme ahora ahí, para poder acomodar el tono de mi voz, pues no sé qué pensar de ustedes» (Gál 4,19-20). Algo parecido sucede cuando le dice a los Corintios, también en son de reconvención: «Yo, hermanos, no pude hablarles como a personas espirituales, sino como a carnales, como a niños en la fe de Cristo. Les di a beber leche, y no alimento sólido, pues todavía no lo podían soportar. Y ni siquiera ahora lo soportan, pues siguen siendo carnales» (1 Cor 3,1-2).

Estos sorprendentes textos nos confirman lo dicho sobre la meta y el carácter procesual de la evangelización. Para la Pablo, el anuncio del Evangelio no tiene otro objetivo sino hacer que Cristo tome forma en la vida de la persona, hasta el punto que pueda llegar a decir: «yo ya no vivo, es Cristo quien vive en mí. Todavía vivo en la carne, pero mi vida está afianzada en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí» (Gal 2,20). Pero lo que más deja en claro esta actitud maternal del Apóstol es que la evangelización es, ante todo, un modo de relación y que solo disposiciones íntimamente familiares, como el afecto pleno, la ternura perseverante, el cuidado constante, la palabra verdadera, logran vehicular con autenticidad la Buena Nueva de la salvación. El interior o, como la Escritura gusta llamarlo, las “entrañas” de una persona solo se pueden cambiar a través de actitudes asimismo “entrañables”. Cor ad cor loquitur. Y más aún, Pablo sabe que estas actitudes son las únicas propicias porque, inevitablemente, el anuncio del Evangelio choca siempre con esa cuota de resistencia, en el mundo y en el corazón de cada hombre, fruto del pecado. Son muchas las páginas donde él habla de las fatigas de su apostolado, y no solo en referencia a dificultades externas. Los dolores más grandes surgen cuando la persona a quien predicamos se niega a escuchar, cuando hay desobediencia al Evangelio, cuando habiendo acogido el Espíritu se vuelve a la vida de la carne, cuando los hermanos en Cristo se devoran unos a otros. Ante estos dolores como de parto solo el amor materno, que comprende y reprocha, que consuela y exige, es capaz de perseverar. La evangelización, entonces, participa también de la cruz. Por esto me gustaría que pensáramos en un momento en todos esos rostros de quienes son los destinatarios de nuestra misión, pensemos también en esas dificultades, tristezas y desánimos que hemos vivido por anunciar a Cristo. Al fin y al cabo, ¿por qué hacemos lo que hacemos? ¿No es acaso porque nos mueve un gran amor a Dios y un afecto sincero hacia la humanidad la cual, a pesar de su miseria y de su caos, merece lo mejor de sí, que es el modelo sobre la cual fue creada? Creo que es así y no existe otra motivación. Queremos que Cristo sea todo en todos.

 

2.      María, nuestra madre en la fe

Ahora bien, si la actitud maternal de Pablo es invaluable para nosotros como evangelizadores, ¿cuánto más no lo será la de una mujer a la que le ha correspondido ser efectivamente madre, y madre de nuestro Salvador? De alguna manera, el misterio de la Iglesia, que como madre evangeliza para engendrar nuevos hijos de Dios, está entrelazado con el de María, quien acogiendo en obediencia la palabra engendró al Hijo de Dios.

El Concilio nos recuerda que por disposición divina y en dependencia de la única mediación de Cristo, María detenta una misión maternal (munus maternus), consistente en ejercer un influjo salvífico (salutaris influxus) sobre los hombres, de modo que puedan restaurar su vida sobrenatural y unirse a Cristo (cf. LG 60,61). El texto es cuidadoso al indicar que esta cooperación materna de María en la obra de salvación no corresponde solo a su periodo histórico, sino que perdura sin cesar. También hoy, con su múltiple intercesión, ella continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna (cf. LG 62).

La maternidad de María despierta el corazón filial que duerme en cada hombre, haciendo que en él se desarrolle la vida del bautismo y crezca el deseo de la fraternidad, que debe vivir y desarrollar en la Iglesia. Así, pues, «Mientras peregrinamos, María será́ la Madre educadora de la fe. Ella cuida que el Evangelio nos penetre, conforme nuestra vida diaria y produzca frutos de santidad» (n. 290).

Todos nosotros como evangelizadores deberíamos tomar mayor conciencia de este influjo salvífico, concreto y actual, de la Virgen madre. Sabemos bien que nuestro compromiso apostólico no es solitario, sino que está precedido continuamente por la gracia de Dios, por la acción del Espíritu Santo que primerea los corazones. Pues bien, de alguna manera, la acción materna de María, como punta de lanza de la Iglesia, también anticipa y acompaña cualquier iniciativa misionera. El papa Francisco nos dice que «Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios» (cf. EG 286). Además, así como ella estuvo presente en los albores de la evangelización de nuestro continente, en sus apariciones en el Tepeyac, allá en México, para llevar hacia Cristo un pueblo mestizo, así también ella sigue acompañando con su acción maternal, todos los esfuerzos por evangelizar y llevar a cabo la nueva evangelización en nuestra América Latina. Por eso no es aconsejable, sino necesario encomendar nuestra labor evangelizadora a su auxilio y protección. Recordemos que la misma piedad mariana es ya, de suyo, una forma de evangelización, pues al honrar a la Madre el Hijo es mejor conocido, amado y glorificado (cf. LG 65).

Por todo lo anterior, que resume el sentir de la Iglesia, Pablo VI afirma que María, no sólo como Madre Santísima de Dios, sino también como Madre de la Iglesia es justamente honrada por la Iglesia con un culto especial, particularmente litúrgico. Asimismo, subraya que no se debe temer «que el incremento del culto, tanto litúrgico como privado, dedicado a Ella pueda ofuscar o disminuir el culto de la oración, debido al Verbo encarnado, así como al Padre y al Espíritu Santo» (Signum mágnum, Introd. § 4). En efecto, María al reflejar los aspectos primordiales de la fe y, al ser objeto de predicación y de veneración, atrae los creyentes hacia Cristo y hacia el amor del Padre (cf. LG 65). El culto y las diversas formas de piedad mariana «hacen que, al honrar a la Madre, el Hijo, por quien son todas las cosas y en quien el Padre eterno ‘tuvo a bien que residiera toda plenitud’, sea conocido como se debe, sea amado, sea glorificado y sus mandamientos sean cumplidos» (LG 66).

 

3.      La Virgen María, figura ejemplar de los discípulos misioneros  

Además de señalar el poder del constante influjo salvífico de la Santísima Virgen sobre los hombres, ese documento conciliar también manifiesta que ella es un tipo o modelo para la Iglesia: «Mientras la Iglesia ha alcanzado en la Santísima Virgen la perfección, en virtud de la cual no tiene mancha ni arruga (cf. Ef 5,27), los fieles luchan todavía por crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan sus ojos a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de los elegidos» (LG 65). En realidad, cuando vemos el grado de virtud que han logrado otros, especialmente los santos, se enciende en nosotros el deseo de una mayor perfección. Ojalá que cada uno de ustedes y también sus comunidades puedan abrevar continuamente en el pozo de la Palabra de Dios, para descubrir en ella inspiraciones concretas, ejemplos que iluminen y alienten su compromiso evangelizador.

Aunque con pleno derecho podamos calificar a María como perfecta discípula misionera del Señor, es curioso que el evangelista Lucas, que tanto nos refiere de ella en su evangelio, sin embargo, sea poco lo que nos dice a la hora de redactar el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se narra el big bang de la evangelización, operado por el Espíritu. Nada de predicar la palabra de Dios con valentía, nada de intrépidos viajes por pueblos o aldeas, nada de testimonio ante los judíos. De hecho, otras mujeres parecen tener una mayor figuración, como la joven Rode (cf. Hch 12,13-15) o la señora Lidia, la que vendía tejidos de púrpura (cf. Hch 16,11-15). La única mención que Lucas hace de la madre de Jesús está al comienzo de su manual misionero, donde dice que ella perseveraba en la oración con los apóstoles, esperando la venida del Espíritu (cf. Hch 1,14). ¿No es muy diciente que en el libro dedicado a describir una variedad de acciones misioneras la única acción que se le atribuye a María sea la oración? El hecho de que ella permanezca así, como en la trastienda de la Iglesia, orando, tal vez quiere recordarnos que toda actividad evangelizadora tiene su fuente allí, sumergiéndose en el seno de la Trinidad, confiando en lo invisible, tocando con mano el amor que salva, adentrándose en el corazón del Padre celestial. Si omitimos esta actitud fundamental es inevitable que caigamos en el remolino del activismo y de los protagonismos personales. María perseveró en oración, acompañando así la labor evangelizadora de los Apóstoles y de las primeras comunidades cristianas. No olvidemos que las madres siempre saben ser discretas.

El evangelio de Juan es el único en referir palabras dichas por María a los hombres. Son pocas, pero de un valor sin igual: «Hagan lo que él les diga» (Jn 2,5). El contexto lo conocemos bien: fue cuando a los esposos de Caná se les acabó el vino. Lo particular es que la Virgen dirigió estas palabras a los sirvientes, que en griego se dice diakonoi. De alguna manera, esta es también nuestra condición; somos servidores de una humanidad a la cual se le está acabando el vino del Evangelio. ¿Qué debemos hacer? La respuesta no es la complicación, sino sencillamente cumplir con lo que Jesús pide. Para los sirvientes de Caná se trató de seis tinajas de agua. En nuestro caso Jesús tampoco nos pedirá muchísimas cosas, sino pocas y muy concretas, lo importante es hacerlas. María es entonces quien ayuda a que nuestra labor evangelizadora se mantenga fija en Cristo y en su voluntad. Ella es como una brújula kerigmática que impide extraviarse en los mares de la complicación o de la autorreferencialidad. No olvidemos que las madres siempre saben lo que es mejor.

Finalmente, ya que Pablo nos recordaba lo dolorosa que puede ser la labor evangelizadora, es inevitable contemplar a la madre junto a la cruz de su Hijo. Esta contemplación nos ayudará a vivir todos esos momentos de rechazo, aridez, fatiga y persecución por causa del nombre de Jesús. El árbol de la cruz, que fue regado por Eva, condensa todas las facetas posibles de la lejanía de Dios y del desamor, y sus ramas buscarán siempre obstaculizar nuestro entusiasmo misionero, pues muchas veces también las vemos germinar en nuestro interior. Como una buena madre, María no huye, sino que se mantiene erguida junto a la cruz, acompañando al hijo en su sufrimiento (cf. Jn. 19,25). Además, sabe cumplir con el último mandato de Jesús quien misteriosamente pide la acogida mutua: «Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,26.27). La hospitalidad es una de las obras de misericordia más exigentes, pues implica recibir al otro en la propia casa, envolverlo del cariño y la ternura propios del hogar. Ante el pecado, que todo lo divide, Jesús invoca el poder de ese amor capaz de construir relaciones indestructibles. Si la Virgen Madre nunca abandona a sus hijos, también nosotros debemos luchar para garantizar la comunión y cubrirnos con el manto del afecto fraternal, sobre todo a la hora de la dificultad. No olvidemos que las madres saben ser misericordiosas.

En conclusión, como bien lo señala la Constitución dogmática sobre la Iglesia, «la Virgen fue en su vida ejemplo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión apostólica de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres» (LG 65).

No temamos ejercer la parte de misión materna que nos corresponde al realizar con alegría y entusiasmo la nueva evangelización. Que María nos aliente e impulse a conocer, amar y seguir a Jesús, para vivir como él, e impregne nuestro ímpetu misionero de sus sentimientos maternales para que muchos, por la gracia de Dios, sigan naciendo a la vida nueva.