El Santuario, lugar privilegiado para la nueva evangelización

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S.E. Mons. Octavio Ruiz Arenas

Arzobispo emérito de Villavicencio

Secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización

(Bogotá, Colombia 7 de agosto de 2018)

 

Es para todos muy conocida la importancia que da el papa Francisco a la urgencia de revalorizar la piedad popular, que justamente considera como una forma genuina de evangelización, en donde la peregrinación a los santuarios constituye una larga tradición eclesial que expresa de manera elocuente, simple y muy significativa, la fe del pueblo de Dios.

A lo largo de toda la historia de la humanidad los santuarios han sido espacios que el hombre ha ido creando para de alguna manera lograr un encuentro con la divinidad y rendir allí culto a sus dioses. Generalmente se ha buscado que sean lugares en donde haya paz y tranquilidad y, al mismo tiempo, que la hermosura de la naturaleza que lo rodea lleve a contemplar de rasgos de la belleza que proviene de Dios. El documento de Aparecida bellamente nos dice que «La decisión de partir hacia el santuario ya es una confesión de fe, el caminar es un verdadero canto de esperanza, y la llegada es un encuentro de amor. La mirada del peregrino se deposita sobre una imagen que simboliza la ternura y la cercanía de Dios».[1] Ir al santuario es entonces un caminar con fe, es un acontecimiento de gracia, es peregrinar para reforzar la esperanza, pedir un favor, solicitar el perdón, dar gracias, buscar una consolación.  Este caminar recuerda al hombre que es un peregrino en el mundo que siempre va en camino para llegar al encuentro con Dios, cuando a través de la muerte encuentre su descanso en Él. 

El cristianismo no ha sido ajeno a este sentimiento religioso universal, que responde a distintas formas de religiosidad popular, y ya desde los primeros siglos, especialmente a partir de la paz constantiniana del año 313, se fueron aumentando las visitas a los lugares santos, particularmente a Roma y Tierra Santa, como también a las tumbas de los mártires. Dentro de la historia de las peregrinaciones cristianas, a partir del siglo V, cobraron mucha fuerza aquellas realizadas en honor de la Santísima Virgen María, inicialmente sobre todo en Nazaret.  A pesar de las vicisitudes y prolongadas situaciones de persecución y de crisis que ha sufrido la Iglesia nunca ha dejado de peregrinar y de construir nuevos santuarios para acoger a innumerables fieles que van allí a buscar paz interior y a fortalecer su fe y su esperanza.

Los obispos reunidos en Puebla durante la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano señalaron que «Nuestro pueblo ama las peregrinaciones. En ellas, el cristiano sencillo celebra el gozo de sentirse inmerso en medio de una multitud de hermanos, caminando juntos hacia el Dios que los espera. Tal gesto constituye un signo y sacramental espléndido de la gran visión de la Iglesia, ofrecida por el Concilio Vaticano II: la Familia de Dios, concebida como Pueblo de Dios, peregrino a través de la historia, que avanza hacia su Señor».[2]

A pesar de una larga tradición de fuerte religiosidad popular de los fieles cristianos, durante el período del comienzo del post concilio se vivió una avalancha de críticas contra la religiosidad popular, la cual fue despreciada y juzgada por algunos como muy pobre teológicamente, con tintes de superstición y paganismo, por lo cual se dieron bastantes luchas para tratar de erradicar muchas de sus expresiones más sencillas. La fe de la gente humilde y la presencia y permanencia de los santuarios han ayudado, sin embargo, a revitalizar y corregir numerosas expresiones de dicha religiosidad.

           

1.       Piedad popular y nueva evangelización

            Los santuarios constituyen entonces uno de los principales pilares de la religiosidad popular, de tal manera que no se puede comprender su valor y fuerza evangelizadora, sin antes dar una mirada general a lo que la Iglesia ha ido señalando en torno a estas manifestaciones sencillas del pueblo que expresan una espiritualidad o mística popular, como la llama el papa Francisco, a partir de lo que expresaron los obispos en Aparecida,[3] pues se trata de una verdadera «espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos», que no puede ser devaluada

Si uno de los objetivos de la nueva evangelización consiste en buscar los caminos para seguir transmitiendo la fe, especialmente allí donde alguna vez ella lograba transformar la vida de los hombres y arraigarse en la culturas, tendríamos que reconocer, ante todo, que la religiosidad popular, con su variedad de formas y expresiones, casi siempre portadoras de una larga tradición, constituye un testimonio perenne de la innegable sed de Dios que todo hombre, desde su propio horizonte cultural, busca calmar.[4] Al respecto, San Juan Pablo II afirmaba: «La religiosidad popular es expresión de un rico patrimonio que, conservado y protegido, es importante para hacer frente al peligro, siempre real, de la descristianización de la sociedad, de la aparición de nuevas ideologías contrarias  a la verdad del Evangelio y del proselitismo de las sectas».[5]  

En América Latina, frente a la imparable devoción mariana y el manifiesto amor al Señor sufriente, los obispos no han dejado de buscar el modo de seguir impulsando la piedad popular, en la cual reconocen válidos elementos de religiosidad natural en los que se encuentran gérmenes del Verbo que sirven como una preparación para la aceptación del Evangelio. Esa fe imperfecta, vivida de manera especial por un pueblo sufrido y pobre, es vista como necesitada de una “re-evangelización”, pues reconocen en ella un punto de partida para el anuncio de la fe.

En Puebla los obispos reconocen que la revalorización de la religiosidad popular, purificada de eventuales deformaciones, ofrece un lugar privilegiado para la evangelización, pues las grandes devociones y celebraciones populares han sido un distintivo del catolicismo latinoamericano, que han servido para mantener los valores evangélicos y son un signo de pertenencia a la Iglesia.[6] Subrayan, más aún, que para América Latina una de sus realidades más originales, juntamente con su sentido de salvación y liberación, es la riqueza de su religiosidad popular, que viene a ser como un “catolicismo popular”.[7] Los obispos, sin embargo, no dejaron de indicar con claridad la incoherencia entre los valores del pueblo impregnados de fe cristiana y la injusta condición de pobreza,[8] en medio de la cual su religiosidad se convierte en un clamor por una verdadera liberación, y en donde los santuarios, especialmente los marianos, constituyen signos del encuentro de la fe de la Iglesia con la historia latinoamericana. [9]

            El beato Pablo VI hacía ver que dicha religiosidad tiene sus límites y está expuesta a muchas deformaciones religiosas que pueden incluso conducir a la formación de sectas y poner en peligro la comunidad eclesial, pero, al mismo tiempo, indicaba que si ella está bien orientada refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer y comporta el reconocimiento de los mayores atributos de Dios, como son su paternidad, su providencia y su presencia amorosa y constante. Por todo ello el papa recalcaba que para los pueblos sencillos esta religiosidad popular puede ser cada vez más un verdadero encuentro con Dios en Jesucristo. Por estas razones el papa, en lugar de “religiosidad” más bien prefiere llamarla “piedad popular”. [10]

             A partir de esa clarificación de Pablo VI y con el fin de evitar confusiones en los conceptos es oportuno utilizar esa terminología que fue asumida en el Catecismo de la Iglesia Católica y en el Directorio sobre la piedad popular y la liturgia,[11] distinguiendo, por lo tanto “piedad popular” y “religiosidad popular”. Si bien es cierto que son términos análogos, sin embargo, las manifestaciones de la piedad popular deben estar estrechamente relacionadas con el dato revelado y la liturgia puesto que brotan de la fe en Jesucristo y están animadas por el espíritu eclesial, de tal modo que, en cuanto respuesta a la iniciativa de Dios que nace del corazón de los fieles, han de buscar su culminación en la acción litúrgica. Las expresiones de la religiosidad popular se refieren en cambio al anhelo universal de trascendencia y a la dimensión religiosa de toda cultura.

            San Juan Pablo II no fue indiferente a esta realidad, pues reconocía el rico manantial de espiritualidad y búsqueda de Dios que se encuentra en la piedad popular y por ello quiso subrayar su estrecho vínculo con la nueva evangelización. En su primera visita a México, en el santuario de Nuestra Señora de Zapopán decía que la piedad popular «no es necesariamente un sentimiento vago, carente de sólida base doctrinal, como una forma inferior de manifestación religiosa. Cuántas veces es, al contrario, como la expresión verdadera del alma de un pueblo, en cuanto tocada por la gracia y forjada por el encuentro feliz entre la obra de evangelización y la cultura local».[12]

            Benedicto XVI expresamente ha indicado que «Para llevar a cabo la nueva evangelización en Latinoamérica, dentro de un proceso que impregne todo el ser y quehacer del cristiano, no se pueden dejar de lado las múltiples demostraciones de la piedad popular. Todas ellas, bien encauzadas y debidamente acompañadas, propician un fructífero encuentro con Dios, una intensa veneración del Santísimo Sacramento, una entrañable devoción a la Virgen María, un cultivo del afecto al Sucesor de Pedro y una toma de conciencia de pertenencia a la Iglesia. Que todo ello sirva también para evangelizar, para comunicar la fe, para acercar a los fieles a los sacramentos, para fortalecer los lazos de amistad y de unión familiar y comunitaria, así como para incrementar la solidaridad y el ejercicio de la caridad. Por consiguiente, la fe tiene que ser la fuente principal de la piedad popular, para que ésta no se reduzca a una simple expresión cultural de una determinada región».[13]

Que la piedad popular sea un medio de evangelización obedece no sólo a la riqueza de sus signos, a su configuración tradicional o al carácter muchas veces público de sus manifestaciones, sino principalmente al hecho que la mayoría de sus expresiones tenga la capacidad de iluminar con la luz de Cristo los grandes interrogantes existenciales que laten en el interior de las personas e introducirlas en una sincera experiencia de fe. Debido a esta capacidad para poner en contacto la vida de los hombres con los misterios fundamentales de la fe, la piedad popular puede ser considerada un medio privilegiado para encontrar a Cristo, para anunciar por primera vez su evangelio y para reavivar la fe de los alejados.[14]

Ha sido el Magisterio de la Iglesia el que, en no pocas ocasiones, a la par de señalar el valor de la piedad popular para la vida espiritual,[15] también ha indicado ciertos peligros en los cuales algunas de sus prácticas podrían incurrir: sentimentalismo estéril, vana credulidad, modos imperfectos de devoción, contaminación con elementos incoherentes con la doctrina católica, sincretismo, debilitación de la fe.[16]

Para evitar estos riesgos y favorecer la existencia de comunidades cristianas donde la fe sea vivida con madurez y autenticidad es importante, en primer lugar, encaminar la acción pastoral hacia la iluminación de las creencias que animan las prácticas de devoción popular, de modo que ellas coincidan, en significado y jerarquía, con las verdades de la fe y su consecuente exigencia moral. Este proceso de acompañamiento y purificación se realiza no sólo a través de una adecuada catequesis, que conduzca a una más clara inteligencia de la fe, sino también gracias a la decidida acción de los pastores quienes deben guiar el rebaño según la verdad, aún a costa de renunciar a ciertos beneficios que el mantenimiento de algunas devociones podría comportar.

En segundo lugar, es necesario aunar esfuerzos para seguir ayudando a las comunidades cristianas a vivir la naturaleza profunda de la liturgia. No se trata de divorciar la liturgia y la piedad popular, ni de menospreciar esta última en aras de la primera únicamente. Se trata, más bien, de reconocer el primado de la liturgia y los sacramentos en la vida de la Iglesia, pues ellos constituyen el medio privilegiado por el cual Dios se une a los hombres, los atrae hacia sí y les dispensa su gracia salvadora; ellos son, en efecto, la fuente y el culmen de la vida cristiana. De este modo, una fe madura será aquella capaz de reconocer y acoger los dones eficaces que Dios ofrece por medio de su Iglesia, particularmente mediante los sacramentos de la Reconciliación y la Eucaristía, y de generar prácticas de devoción, ya personales, ya comunitarias, que correspondan a don tan inestimable. De aquí que el Magisterio recalque con insistencia la necesaria y orgánica trabazón que debe existir entre la liturgia y la piedad popular. Esta última, en efecto, «predispone a la celebración de los Sagrados misterios» y «tiene su natural culminación en la celebración litúrgica, hacia la cual, aunque no confluya habitualmente, debe idealmente orientarse».[17]

 

2.       La fuerza evangelizadora de los santuarios

Los santuarios, por ende, son memoria viva de la tradición cristiana de los pueblos, capitales espirituales de las naciones y «lugares privilegiados de evangelización», en donde se debe anunciar el Evangelio con gran perseverancia y, con una buena participación del clero y de otros agentes pastorales, se oriente a los fieles para que profundicen su encuentro personal con Jesucristo.[18]

            En la actualidad papa Francisco ha querido dar un aire nuevo al cumplimento de la misión fundamental de la Iglesia. Una preocupación constante y eminentemente pastoral, que se percibe en su Exhortación sobre la Alegría del Evangelio, es la de querer animar una transformación misionera de la Iglesia para que todos nos empeñemos en poner en marcha una nueva etapa evangelizadora que esté marcada por esa alegría. Fijémonos bien lo que dice el Papa: “una nueva etapa evangelizadora”,[19] es decir, la Iglesia continúa realizando la misma tarea de siempre, pero debe avanzar en ella con un acento peculiar: «la alegría que brota del encuentro con Cristo». 

Para cumplir este anhelo nos invita a una “conversión pastoral” que ha de poner a la “Iglesia en salida”, esto es, que deje a un lado la comodidad y tenga el coraje de llegar a todas las periferias existenciales que están urgidas de la luz del Evangelio.[20] Por consiguiente, esta nueva etapa exige entonces lo que él llama “primerear”,[21] que no es otra cosa que una invitación a toda la comunidad eclesial para que incluya al pueblo, tome iniciativa, acompañe, festeje, vaya a buscar a los que se han alejado de la comunidad eclesial y que tenga amor por los últimos, por los pobres y por aquellos que la sociedad descarta y abandona. Dentro de ese gran esfuerzo de renovación el papa considera que «El caminar juntos hacia los santuarios y el participar en otras manifestaciones de la piedad popular, también llevando a los hijos o invitando a otros, es en sí mismo un gesto evangelizador», y constituye un modo de sentirse parte de la Iglesia, y una forma de ser misioneros, lo cual conlleva la gracia de la “misionariedad”, del salir de sí y del peregrinar. De ahí la fuerte y apremiante exhortación del papa «¡No coartemos ni pretendamos controlar esa fuerza misionera!» [22]

            Para resaltar el estrecho nexo que existe entre la peregrinación a los santuarios y la nueva evangelización, el papa Francisco trasladó la competencia de la pastoral de los santuarios al Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, competencia que hasta entonces tenía la Congregación para el Clero, con el fin fomentar el desarrollo de la labor pastoral y evangelizadora de los santuarios, los cuales están llamados a desempeñar un papel en la nueva evangelización de la sociedad actual.[23] En su carta apostólica subraya su valor simbólico, ya que en ellos se siente con fuerza la cercanía de Dios y constituyen lugares privilegiados para la oración y para afianzar la confianza en la misericordia divina. En ellos se vive una experiencia espiritual «que no puede ser devaluada, so pena de mortificar la acción del Espíritu Santo y la vida de la gracia»,[24] pues el hecho mismo de peregrinar y de participar de algún modo de la espiritualidad que ellos irradian constituyen actos de evangelización que deben ser debidamente valorados. [25]

            Es importante hacer notar que allí se subrayan algunos puntos esenciales que no pueden faltar en la pastoral de los santuarios, como son la enseñanza de la Palabra de Dios y de la doctrina de la Iglesia, con el fin de colaborar a través de la catequesis en la formación de la comunidad; la oferta permanente del sacramento de la Reconciliación para que los peregrinos puedan ser acogidos con espíritu de escucha y misericordia; la celebración de la Eucaristía y el testimonio de la caridad, en donde el santuario representa un oasis de alivio para tantos pobres, marginados, enfermos, discapacitados y migrantes que muchas veces llenos de angustia llegan allí, a la manera de un hospital de campaña, en búsqueda de alivio a sus heridas y de auténtico calor humano.[26]

 

3.       La pastoral del encuentro

En múltiples ocasiones el papa nos habla de la situación que se vive en la actualidad indicando que va creciendo una cultura del descarte y de la exclusión, que hace que aumente cada vez más la indiferencia y el olvido de los otros, y no se busque socorrer a quien sufre o pasa necesidad, sino que se vive al acecho de satisfacer los caprichos egoístas. Impresiona que poco a poco se va imponiendo una cultura narcisista, que no sólo busca satisfacer exclusivamente sus necesidades presentes, sino que olvida las lecciones del pasado y no se interesa por el futuro, desdeñando la perspectiva de un más allá para encerrarse más bien en sus emociones y en la búsqueda apasionada del placer. De esa manera su horizonte se va empequeñeciendo cada vez más y en la medida en que se concentra todo en sí mismo su visión lo enceguece y sólo él es su propio punto de vista. Todo esto hace que se vuelva cada vez más pesado el sentimiento de soledad que experimentan muchas de las personas que recurren al santuario. Asimismo, la cultura actual ha ido perdiendo el valor del encuentro personal, de las relaciones estrechas y profundas, para suplirlas por encuentros virtuales que van encerrando a las personas en las tecnologías de comunicación del mundo digital.

Frente a todo esto, y sin despreciar sobre todo las riquezas y las ventajas que ofrece el avance de la cultura digital en la que vive la mayor pare de los jóvenes de hoy, el Evangelio, por el contrario, «nos invita siempre a correr el riesgo del encuentro con el rostro del otro, con su presencia física que interpela, con su dolor y sus reclamos, con su alegría que contagia en un constante cuerpo a cuerpo. La verdadera fe en el Hijo de Dios hecho carne es inseparable del don de sí, de la pertenencia a la comunidad, del servicio, de la reconciliación con la carne de los otros. El Hijo de Dios, en su encarnación, nos invitó a la revolución de la ternura».[27] En efecto, salir al encuentro del otro, abrirse a los demás, constituye un dinamismo propio de las personas, pues hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, que es comunidad trinitaria de personas.

Los sacerdotes y agentes de pastoral de los santuarios deben hacer el esfuerzo por detenerse a mirar al peregrino y tratar de comprender su cultura, su situación. No se trata de acoger una masa impersonal de gente, por más numerosos que sean los peregrinos. Cada uno va cargado de dolores, de dudas, de incomprensiones, de desengaños, pero también de alegrías, de esperanzas, de amor y de fe. Cada cual va con actitudes diferentes, con sentimientos y emociones diversas, como nos describe la parábola de la oración del fariseo y el publicano, dos personajes tan distintos y opuestos: el primero hombre respetado, ilustrado y observante de la ley; el otro repudiado por la sociedad en razón de su colaboración con el imperio y, por ello, considerado un traidor. Son hombres tan distintos y tan opuesto incluso en su condición ante Dios,  porque van al templo, el primero con arrogancia, seguro de sí mismo y orgulloso del bien que hecho y del mal que ha dejado de hacer, ignorando por completo la acción de Dios en su vida y despreciando al publicano; el otro con humildad, muy afligido, reconociendo su pecado, pidiendo perdón de todo corazón y solicitando misericordia y piedad; ambos van a orar pero el Señor nos dice que sólo el segundo salió justificado  (cf. Lc 18, 9-14).

Cuantas personas que van al santuario no saben orar, pero van a sentir, aun en medio del bullicio y la confusión que produce el gentío, el susurro amoroso del Señor en lo más profundo de su corazón dentro de un silencio interior. Y es allí, precisamente, donde se requiere de la actitud de acogida y de escucha del sacerdote o de los agentes de pastoral. Sin duda alguna sabemos de tanta gente en los santuarios que simplemente va porque está necesitada de que alguien le escuche y le dé una palabra sencilla de consuelo y de esperanza. Se trata entonces de salir al encuentro de su agobio, de su alegría, de sus ilusiones. Es simplemente ayudarle a retomar el camino para su encuentro con el Señor y, por consiguiente, a hacerle entender que todos somos peregrinos en la vida, que nuestra existencia toda es un lento peregrinaje y que lo importante es no detener la marcha. Es ayudarle a encontrar luz en el camino y hacerle ver que al final siempre está el Señor que espera, que acompaña silenciosa y respetuosamente, que a pesar quizás de sus muchos pecados o sufrimientos Dios nunca lo abandona, porque Él es amor y no niega a nadie su amor tierno y misericordioso.

El peregrinar a los santuarios marianos es algo que entusiasma de manera muy especial, pues se trata de ir a encontrar a nuestra Madre, a aquella que nos hace sentir su amorosa presencia y que en todo momento, como a san Juan Diego, nos da la caricia de su consuelo maternal y nos dice al oído: No se turbe tu corazón ¿No estoy yo aquí, que soy tu Madre?[28] Igualmente hay tantos santuarios que llenan de amor y reconocimiento agradecido a los peregrinos que van a contemplar la imagen del Señor Caídos o del Cristo crucificado, porque sienten en carne propia el sufrimiento del Señor y su generosa y valiente entrega para obtener nuestra salvación.

El santuario, entonces, se presenta como una especie de posada en donde el peregrino va a buscar reposo y retomar fuerzas para continuar. Nunca puede ser el punto final, pues el objetivo de su caminar no es el santuario en sí mismo, sino lo que él representa, lo que él contiene. La meta es un encuentro con el Señor, mediado frecuentemente y de manera muy especial por su madre María, pero también por tantos santos que han sido acogidos con devoción y cariño por los fieles, que ven en ellos modelo de virtudes dignas de imitar para lograr el ansiado encuentro con Cristo Señor. Es este uno de los aspectos fundamentales que deben ser expresamente señalados y explicados a los peregrinos: nuestro caminar es hacia Jesús, rostro visible de la misericordia del Padre, y sólo cuando le encontremos nuestro corazón hallará verdadero alivio.

La tarea pastoral que desempeña quien realiza una acción evangelizadora en los santuarios debe ir encaminada a que se perciba la novedad, el gozo y la importancia vital del encuentro con Cristo. No se trata de largas prédicas, sino de actitudes claras, de testimonio de vida, de palabras sencillas pero adecuadas a las diversas circunstancias y situaciones para buscar que, cuando el Señor las siembre en el corazón del peregrino, éste logre un cambio de vida y las haga fructificar. En otras palabras, se trata de ayudarle a percibir nuevos horizontes y de hacerle sentir también que en ese caminar no está solo; hay que invitarlo a mirar a su lado y ver tantos otros en el mismo camino y, quizá, marchando con mayor dificultad y cargados de dolorosas angustias, pero igualmente tantos otros llenos de profunda confianza y alegría. Entonces, así como puede seguir las huellas del vecino, igualmente puede ofrecer las propias en el camino de búsqueda de cambio y conversión sincera.

Sin duda alguna en el camino hacia el santuario cada persona lleva su propio ritmo, sus propósitos, su personal bagaje. No existe ni puede existir una uniformidad al respecto, pues cuando se inicia la peregrinación generalmente la persona tiene el deseo muy personal de encontrar algo, de llenar su corazón de amor, de perdón, de consuelo, de conseguir alguna gracia particular. Aquí entra entonces el grado de fe de cada uno, pues bien sabemos que la fe es un acto personal, en cuanto respuesta libre del hombre a Dios que se revela, de tal manera que cada creyente, ciertamente movido por la acción del Espíritu Santo, responde libremente a su manera, alguno con gran fervor y obediencia, depositando su confianza en Dios, otro, en cambio, con indiferencia e incluso con apatía no dejándose guiar por el Espíritu. Todos, no obstante, se encaminan llevando al santuario su vida misma, sus preocupaciones, sus dolores, sus anhelos, sus esperanzas, sus alegrías.

El peregrino es un hombre o una mujer de fe, no un simple turista que va a observar la arquitectura del templo, la belleza de su decoración, la armonía de su entorno. ¡No! El peregrino debe descubrir, ayudado con la oración, que va al santuario a encontrar a Alguien, a Aquél que es el único que puede darle sentido pleno a su vida, a Aquél que, entregándose a la muerte en cruz y resucitando de entre los muertos, le concede el perdón y la gracia mostrándole el camino para encontrar la felicidad eterna. Necesitamos ayudar al peregrino para que pase del buscar “algo” a buscar a “Alguien” capaz de ofrecerle, no un simple consuelo para satisfacer alguna necesidad natural o emotiva, sino una auténtica consolación que sea fuente viva de alegría y de vida, como le ocurrió a la samaritana en su encuentro con Jesús (Jn 4, 1-30). Más aún, hay que ayudarle a entender que, ofreciendo las fatigas y los gozos del camino, puede ponerse manos Dios para que su búsqueda de “algo” se transforme en el deseo de encontrarlo y de responderle con amor. Así, pues, la peregrinación no es para obtener lo que yo quiero, sino para crecer en la amistad con el Señor, en fe, esperanza y caridad.

El verdadero propósito de peregrinar es el encuentro con Jesucristo vivo, lo cual constituye el objetivo fundamental de la nueva evangelización. Qué válidas son las palabras de Benedicto XVI «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva».[29] Francisco nos recuerda que «La primera motivación para evangelizar es el amor de Jesús que hemos recibido, esa experiencia de ser salvados por él que nos mueve a amarlo siempre más»,[30] puesto que «Sólo gracias a ese encuentro –o reencuentro– con el amor de Dios, que se convierte en feliz amistad, somos rescatados de nuestra conciencia aislada y de la autorreferencialidad. Llegamos a ser plenamente humanos cuando somos más que humanos, cuando le permitimos a Dios que nos lleve más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. Allí está el manantial de la acción evangelizadora.»[31]

Uno de los puntos centrales de ese trabajo pastoral es el de dar gran importancia al encuentro del peregrino con la Palabra de Dios, a través de ejercicios bien preparados de Lectio divina, que ayuden a infundir esperanza y a lograr compromisos de caridad que sean signos creíbles del amor al Señor.

 

4.       Peregrinos llamados a un compromiso de amor y de justicia

Al mirar las multitudes de peregrinos que llenan los santuarios vemos tantos hombres y mujeres de todas la edades y condiciones de vida, con situaciones tan diversas y muchos de ellos con rostros adoloridos. Cuántos pobres, cuantos inválidos, cuántos enfermos, cuántas personadas marginadas, cuántos pecadores, cuántas mujeres maltratadas y abandonadas van allí a tocar las puertas del corazón del Señor, o a acogerse al dulce amparo de María, o también a solicitar las gracias de un santo. Misteriosamente muchos de ellos ven cumplidos sus anhelos por la acogida cariñosa del sacerdote, por la palabra de ánimo o la simple sonrisa de un compañero de camino, por la acción misericordiosa de ayuda de alguien que se acerca y les hace percibir la presencia del Señor. El santuario, entonces, se vuelve como una especie de “hospital de campaña” que socorre al herido con gran misericordia. De esa manera los santuarios cumplen también su tarea de serio compromiso en la nueva evangelización.

La acción pastoral de los santuarios se reduciría a un simple paliativo si se quedara solamente en favorecer la devoción particular de los fieles. Es necesario que en los santuarios se dé una gran importancia a la celebración frecuente y digna del sacramento de la Eucaristía que, como bien sabemos, constituye el centro y culmen de toda la vida cristiana. Es allí en donde los peregrinos pueden saciar su anhelo ferviente de encontrar al Señor, escuchando atentamente su Palabra, proclamada de manera pausada y con gran solemnidad por lectores bien preparados y capacitados para que su lectura sea inteligible y acogida con devoción. En este mismo sentido, es oportuno cuidar muy bien que en el templo haya una buena acústica con el fin de que no se pierda la posibilidad de escuchar con atención la palabra proclamada y la homilía o las catequesis para los peregrinos.

No podemos olvidar la importancia de recalcar a los peregrinos que Cristo entregó su vida por cada uno de nosotros y que permanentemente nos invita para que vivamos en él a fin de que nunca vayamos a sufrir la muerte eterna (cf. Jn 11,26). Para que esto se haga realidad él mismo se nos entrega como el Pan de Vida (cf. Jn 6,47-58), por medio del cual podamos reconocerlo, como en Emaús, en la fracción del pan y fortalecernos para ser sus testigos. Es el momento, pues, de invitar a los peregrinos a acercarse debidamente preparados a participar de ese banquete.  

Los santuarios deben garantizar, por lo tanto, la presencia permanente de sacerdotes “santos” que ofrezcan a los peregrinos la posibilidad de acercarse con humildad y confianza al sacramento de la Reconciliación, y allí puedan pedir la ayuda y el perdón del Señor y experimenten en carne propia la grandeza de la misericordia divina. Francisco ha insistido recientemente en que «El Sacramento de la Reconciliación necesita volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana; por esto se requieren sacerdotes que pongan su vida al servicio del “ministerio de la reconciliación” (2 Co 5,18), para que a nadie que se haya arrepentido sinceramente se le impida acceder al amor del Padre, que espera su retorno, y a todos se les ofrezca la posibilidad de experimentar la fuerza liberadora del perdón».[32]

El sacramento de la Reconciliación lamentablemente ha sufrido una desafección por parte de muchísimos bautizados, algunos porque no creen que sea necesario ya que se ha perdido el sentido del pecado, otros porque desconocen la esencia misma del sacramento, otros porque consideran que lo que importa es dirigirse de manera privada a Dios para pedir perdón por las faltas cometidas. A esto se añade, por una parte, que muchos sienten temor o vergüenza de tener que confesar sus pecados ante un sacerdote, por otra, que muchos sacerdotes no se muestran disponibles para la administración del sacramento o que no ejercen ese ministerio del perdón con verdaderos sentimientos de misericordia, olvidando que son ministros de Cristo a quienes él les ha encomendado la tarea de ser signos visibles del amor divino y de la misericordia del Padre. No podemos olvidar, como indicaba Benedicto XVI, que «¡la nueva evangelización inicia también desde el confesionario!»[33]

Uno de los frutos de haber recibido el perdón del Señor y de haber comulgado es que comparta con los demás los dones recibidos. No podemos olvidar que la Eucaristía es el “Sacramento de la Caridad”, en el que se nos revela el amor infinito de Dios a través de la entrega de su Hijo, que da la vida por sus amigos ( Jn 15,13). Así, pues, si queremos ser consecuentes con la celebración eucarística que anima toda la vida del cristiano, tenemos que hacer que toda la actividad de la Iglesia y del creyente sea “una expresión de amor y de servicio”, que busque siempre el bien integral del ser humano.

Ir con fe al santuario constituye entonces una llamada a hacer vivo el imperativo fundamental del Evangelio: el amor, la misericordia y la justicia. Benedicto XVI lo recordaba al inaugurar la Conferencia de Aparecida: «El encuentro con Cristo en la Eucaristía suscita el compromiso de la evangelización y el impulso a la solidaridad; despierta en el cristiano el fuerte deseo de anunciar el Evangelio y testimoniarlo en la sociedad para que sea más justa y humana. De la Eucaristía ha brotado a lo largo de los siglos un inmenso caudal de caridad, de participación en las dificultades de los demás, de amor y de justicia»[34].

No se trata de invitar al peregrino a realizar acciones puntuales de asistencialismo, sino a tener presente que el amor y el servicio a los pobres debe ser una tarea constante, llena de amor, que debe partir de la convicción de que se trata de algo que es irrenunciable a su compromiso como cristiano. «Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de la propia esencia»[35]. En el amor a los pobres la Iglesia pone en juego su credibilidad ante el mundo. Por esto, los santuarios en cuanto tal, no deben perder la gloriosa tradición de estar comprometidos en múltiples y variadas obras de caridad, de servicio asistencial, de promoción humana, de empeño por la justicia, predicando con valentía las exigencias de amor y misericordia del Evangelio.

Qué hermoso sería que, al salir del santuario, el peregrino marchara dispuesto a convertirse en un oasis de misericordia para todos los demás y así llegar a ser un testigo

 

 

 

[1] Aparecida, 259

 

 

[2] Puebla, 232; cf. Lumen Gentium, 8

 

 

[3] Cf. Evangelii gaudium, 124; Aparecida, 263

 

 

[4] Cf. Evangeli Nuntiandi, 46.

 

 

[5] Juan Pablo II, Discurso a los obispos de la Confrencia Episcopal de Paraguay con ocasión de la visita «ad limina Apostolorum» (30 de agosto de 1994): AAS 87 (1995), 267

 

 

[6] Cf. Puebla, 109

 

 

[7] Cf. Ibid, 368. 444

 

 

[8] Cf. Ibid, 436

 

 

[9] Cf. Ibid, 452. 282

 

 

[10] Cf. Evangelii nuntiandi, 48

 

 

[11] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 1674-1676; 1679; Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, 9-10.

 

 

[12] Homilía en el santuario de Nuestra Señora de Zapopán, Guadalajara, 30 de enero de 1979

 

 

[13] Benedicto XVI, Discurso a los participantes en la Reunión Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, (Ciudad del Vaticano, 8 de abril de 2011) n. 3

 

 

[14] Cf. Ecclesia in America (1999) 16. 68

 

 

[15] Cf. Aparecida 258-265

 

 

[16] Cf. Directorio sobre la piedad popular y la liturgia (2002),  65-66.

 

 

[17] Juan Pablo II, Mensaje a la Asamblea Plenaria de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (21 de septiembre del 2001), 5.

 

 

[18] Cf. Reunión Plenaria de la Pontificia Comisión para América Latina, Recomendaciones pastorales, 9

 

 

[19] Evangelii gaudium, 1

 

 

[20] Cf. Ibid,  20

 

 

[21] Cf. Ibid,  24

 

 

[22] Ibid, 124

 

 

[23] Cf. Carta apostólica Sanctuarium in Ecclesia,(Vaticano 11 de febrero de 2017)  n.5

 

 

[24] Ibid, 2

 

 

[25] Cf. Ibid, 3

 

 

[26] Cf. Ibid, 4

 

 

[27] Evangelii gaudium 88

 

 

[28] Cf. Ibid, 286

 

 

[29] Deus caritas est, 1

 

 

[30] Evangelii gaudium, 264

 

 

[31] Ibid, 8

 

 

[32] Misericordia et misera, 11

 

 

[33] Discurso (9 de marzo de 2012)

 

 

[34] Discurso inaugural, 4

 

 

[35] Deus caritas est, 25